Cuatro décadas del símbolo del reciclaje

Omnipresente, encontraremos por doquier objetos con este símbolo. Todo el mundo lo reconoce, o al menos lo asocia con ciertas palabras, como reciclable o reutilizable. El símbolo universal del reciclaje, hoy en dominio público, surgió como una idea de una empresa de Chicago, la Container Corporation of America, para contribuir a la celebración del primer Día de la Tierra en 1970 y, también, como maniobra publicitaria. Poco podían pensar que el símbolo, ganador de un concurso de ideas patrocinado por esa empresa, terminaría por convertirse en uno de los más difundidos y conocidos de la historia. El ganador del concurso, al que se presentaron más de 500 propuestas, fue un joven de 23 años, estudiante de la University of Southern California, Gary Anderson, a quien vemos aquí, sentado, presentando su idea.

Anderson empleó muy bien los 2.500 dólares del premio, pues los utilizó para ampliar estudios en Europa. Su diseño es considerado como uno de los más influyentes del siglo XX, ¡y eso que sólo es un símbolo “de nada”! Aunque resulte sorprendente, el joven estudiante de arquitectura y ciencias sociales no se dedicó al diseño gráfico, aunque sí que realizó algunos trabajos en ese campo. Con el tiempo se doctoró en geografía e ingeniería medioambiental, llegando a convertirse en lo que ahora es, todo un experto mundial en ordenación y planificación territorial y problemas ambientales. Pero, a pesar de sus muchas actividades en múltiples campos, será recordado en la Historia por la genial y sencilla idea que iluminó su cerebro hace ya cuarenta años. Y, ¿cómo llegó a concebir el célebre símbolo? La culpa, como tantas otras veces, la tiene M.C. Escher.

La obra Banda de Möbius II, en la que unas abnegadas hormigas recorren el infinito trazado de la cinta de una sola cara y un solo borde descrita por los matemáticos August Ferdinand Möbius y Johann Benedict Listing a mediados del siglo XIX, fue lo que le sirvió a Gary Anderson para diseñar su logo. Unió las ideas de infinito y reciclaje, tras contemplar el cuadro de Escher y, ¡ya está! Toda una genialidad. ¿A cuántos más habrá alimentado intelectualmente la inquieta mente de Maurits Cornelis Escher? Seguro que la respuesta se acerca a “infinito”.

Más información: The story behind the recycling symbol (PDF).

Gracias a Joan Jimenez

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