¡Socorro! ¡Ayudadme!… ¡He caído en una trampa!

Estar el el sitio equivocado, en el momento equivocado y sin posibilidad de hacer nada para evitarlo… Quedar atrapados -con nocturnidad y alevosía- allí dónde no lo esperábamos, puede convertirse en una traumática experiencia que, es más que probable, cambie nuestra forma de entender la realidad que nos rodea.

La campaña que hoy acompaña este post es lo suficientemente buena y obvia, como para tener que apuntar ninguna observación. Y es que el tráfico ilegal de especies salvajes en Brasil es un problema tan grave que bien merece un ejercicio publicitario como el que se ha planteado -aunque, imagino que a más de uno o una, la experiencia no le habrá hecho ninguna gracia-.

Así que la reflexión de hoy trascenderá del plano de lo previsible, y trataré de ahondar en las ‘trampas’ que nos acechan en las redes sociales, y que pueden dejarnos atrapados y casi sin posibilidad alguna de escapar de ellas.

Los problemas surgidos en torno a la privacidad de nuestros datos, la letra pequeña que acompaña los ‘contratos’ de adhesión a las diferentes plataformas sociales -y que casi nunca leemos-, la imposibilidad manifiesta de borrar definitivamente nuestros rastros en la red, etc., se están convirtiendo en una jaula que limita nuestra libertad, que minimiza nuestros derechos y que nos aprisiona bajo el yugo digital de un histórico sobre el que no tenemos capacidad de decisión.

La inteligencia -aspecto que debiera diferenciarnos de los animales- nos dicta siempre que actuemos con cautela. A pesar de ello, la ansiedad por sumarnos a lo último, por adentrarnos en los prometedores terrenos de lo 2.0 y no quedar rezagados con respecto a los demás, provoca que pequemos de inocentes. Minimizamos erróneamente los riesgos, y nos sumergimos en la vorágine de promover nuestros perfiles, nuestras experiencias, nuestras emociones y nuestros datos, sin pensar en ningún momento en el hecho de que, al hacerlo, estamos entrando en una jaula de la que nos resultará muy difícil salir.

El conocido tópico que dice que ‘somos prisioneros de lo que decimos y dueños de lo que callamos’, está más vigente que nunca. La responsabilidad individual, la conciencia del riesgo, el conocimiento de hasta dónde quedan limitados nuestros derechos cuando nos convertimos en ‘individuos 2.0’ son, sin lugar a dudas, aspectos que debemos tener muy en cuenta cuando nos planteamos pasar a la acción. Las redes están hechas por empresas, no lo olvidemos, y el valor de sus proyectos es directamente proporcional al número de personas al que son capaces de acceder y controlar.

Nuestros datos son la nueva moneda de cambio. Y, por tanto, cada uno de nosotros encierra un valor muy importante que es importante proteger. No olvidemos que la red se ha convertido en una selva, en la que los cazadores furtivos acechan a la caza y captura de incautos.

Así es, y así seguirá siendo, por lo que la mejor manera de protegernos es actuar con prevención e inteligencia.

La comunicación 2.0 ya es parte de nuestras vidas, y en nuestra mano está controlarla, de manera que se convierta en garante de nuestra libertad individual, y no al revés.

(Via lasblogenpunto.)

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