Ivory, el jabón que flota.

De vez en cuando me acuerdo de la historia del jabón Ivory, la historia de un error o de como un fallo puede convertirse en una oportunidad. Es muy bonita y por eso la voy a contar como si fuera un cuento.

Érase una vez un fabricante de jabones llamado Harley Procter. Harley creció en la segunda mitad del siglo XIX, viendo como en su casa y en la de sus amigos las familias preparaban su propio jabón a partir de las grasas y cenizas sobrantes de las cocinas. También era frecuente comprar el jabón al abacero, que lo vendía por trozos cortados de una gran plancha de jabón que el mismo elaboraba a través de métodos igualmente caseros. El resultado era un jabón de calidad irregular y con poca suavidad.
Cuando Harley se hizo mayor y se hizo cargo del negocio familiar, dedicado hasta el momento a la fabricación de velas y aceites, decidió encontrar la manera de ofrecer al público un jabón blanco, de alta calidad que siempre fuese igual y que se diferenciase de los jabones sin marca que la gente adquiría o elaboraba. Tras años de experimentación PROCTER & GAMBLE consiguió un jabón blanco y puro, al que llamaron ‘Jabón Blanco P&G’. Fue en la iglesia parroquial donde la inspiración divina sugirió a Harley un nombre algo más poético para su jabón: Ivory (Marfil en inglés).
El jabón Ivory era especial, era mejor, imitaba a los jabones europeos hechos a base de aceite de oliva que eran muy caros y que nadie se podía permitir. Llegaba a la tienda en pastillas cortadas de fábrica, envueltas en papel de forma individual. Un objeto precioso y de lujo a un precio asequible.
A todo el mundo le encantó el nuevo jabón, las ventas comenzaron a crecer y los carteles de la marca se volvieron muy conocidos, pero en plena revolución industrial los competidores no tardaron en aflorar con lo que el número de clientes comenzó a descender de manera alarmante, diluyéndose en un mar de Ivorys de segunda generación.

Aunque os parezca inverosímil, este cartel
lo dibujó la madre de Humphrey Bogart: 
Maud Humphrey.

Harley Procter no sabía que hacer para que su jabón recuperase el esplendor perdido y volviera a ocupar los primeros puestos en ventas. Pero un buen día recibió una noticia desconcertante que haría que el rumbo de su producto cambiase de forma sorprendente.

Los Procter and Gamble originales, seguro que
en la vida real eran más simpáticos.

Supongo que la conversación debió ser más o menos así:

(Sr. Tendero) – Señor Harley Procter, soy su distribuidor en Nueva York, verá, debe haber habido algún error en el último pedido…

(H. Procter) – ¿Cómo que un error, no han llegado a tiempo las cantidades?

(Sr. Tendero) – Sí pero, la última partida de jabones que me ha mandado no flota!

(H. Procter) – ¿Que NO FLOTA?

Lo que ocurrió fue que, en la fábrica, una de las partidas de jabón estuvo más tiempo de la cuenta en la máquina mezcladora, produciendo burbujas en el interior de las pastillas, con la agradable consecuencia que de esto se derivaba: ¡Un jabón que flotaba en la bañera! Más fácil de usar y de encontrar. Sencillamente la gente iba a la tienda y lo pedía: Quiero el jabón que flota.
A partir de entonces Ivory siempre fue el jabón que flotaba, volvió a ser el más vendido y popular y devolvió a Harley Procter el puesto que con tanto esfuerzo había conseguido.

A veces, cuando todos los caminos están saturados hay que abrir alguno nuevo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

(Via Pensamientos Gráficos.)